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viernes, 14 de diciembre de 2012

Enrique Pla y Deniel (1876-1968)


Su pastoral 'Las dos ciudades' es una de las fuentes que inspiran la Carta Colectiva de la Iglesia en apoyo a los nacionales, una acción que él defiende firmemente y que legitimará con su visión de la Guerra como "cruzada"

Fiel defensor de la doctrina tradicional escolástica, el recién nombrado (1935) obispo de Salamanca se coloca abiertamente en el bando de los sublevados al estallar la Guerra Civil, una guerra "justa y salvadora, cruzada por la religión y por la Patria y la civilización" en sus propias palabras. Su pastoral Las dos ciudades resulta clave para la posterior redacción de la Carta Colectiva del Episcopado español, en la que la Iglesia mostrará públicamente su postura a favor del Movimiento. Considerado por el historiador Víctor Manuel Arbeloa como fidelísimo al régimen franquista, al terminar la Guerra Pla y Deniel gobernará la Iglesia española durante más de 20 años desde su puesto de primado de España, cuidando, en todo momento, de mantener la independencia eclesiástica.

Nace en Barcelona en el año 1876. Terminados sus estudios eclesiásticos en Roma con el triple doctorado en Filosofía, Teología y Derecho Canónico, se ordena sacerdote en la capital italiana con tan sólo 24 años. De vuelta a su ciudad natal, dedica sus primeros años de sacerdocio al apostolado social, y, desde una clara vinculación a lo político, llega a ser director de Acción Popular y presidente de la junta diocesana de Acción Católica, que jugará un papel destacado en la reevangelización durante la posguerra.

Nombrado obispo de Ávila por el papa Benedicto XV en 1918, es entonces cuando se da a conocer principalmente entre las clases trabajadoras a quienes se dirigirá, estallada ya la Guerra, para asegurarles: "Si la Iglesia lucha contra el comunismo no es para esclavizaros, sino para liberaros de esta abyección a que os quieren llevar los sin Dios". Es un error, dice, vincular la causa obrera al "comunismo destructor", y asegura que "la doctrina social cristiana, por el contrario, procura la elevación, la ascensión del pueblo".

Nombrado por el papa Pío XI obispo de Salamanca en 1935, la figura de Pla y Deniel empieza a adquirir protagonismo durante los meses iniciales del conflicto. Tras la primera declaración pública del nuevo Pontífice sobre la Guerra de España, el 14 de septiembre de 1936, y a partir de la toma de Toledo, el prelado comienza su legitimación sistemática de la Guerra Civil como "cruzada". La adopción de este vocablo es objeto inmediato de polémica. Como explica el historiador Javier Tusell, su valor de símbolo es equivalente al de los otros nombres que se daría al golpe militar -alzamiento, Movimiento nacional- y que aparecerán desde el 18 de julio en los discursos de los generales Mola, Franco y Queipo de Llano.

Pla y Deniel repetirá frecuentemente la similitud entre el significado de aquella "empresa santiaguista" de la Edad Media y esta "reconquista del siglo XX". "La Cruz y la Espada volvieron a saludarse para continuar juntas esta gran cruzada de reconquista que están realizando el Ejército y nuestros voluntarios bajo la protección del Apóstol Santiago", recoge, como parte de sus declaraciones, el diario El Pensamiento Navarro el 26 de julio del año 1936.

Así llega esta expresión a la jerarquía, que no la fundirá con la teología de la Guerra hasta la aparición de la pastoral Las dos ciudades (septiembre de 1936), la primera legitimación teológica como cruzada rescatando la doctrina de los teólogos españoles del siglo XVI, en la que se prevé y aprueba que el tirano sea derrocado, si es necesario, incluso por las armas.

La constante justificación del carácter de defensa católica que tiene la sublevación militar es una de las ideas más empleadas en la pastoral en la que Pla y Deniel declara su apoyo a la causa nacional, argumentando que los obispos no respaldaron el alzamiento, sino que respondieron a la posterior agresión sufrida por la iglesia: "Los sacrilegios, asesinatos e incendios se han verificado antes de todo apoyo oficial de la Iglesia".

No se trata, en su opinión, de una guerra fanática, sino defensiva. "Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil", aclara, "pero en realidad es una Cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden". "O la España tradicional y cristiana se resignaba a su desaparición", detalla el prelado, "o era inevitable el momento de choque entre las dos Españas, que mejor diríamos de las dos civilizaciones; la de Rusia, que no es más que una forma de barbarie, y la cristiana, de la que España había sido en siglos pasados honra y prez".

Más tarde, en julio de 1937, será precisamente este sentimiento de guerra contra la religión el que sustente la Carta Colectiva del Episcopado español para conseguir que la jerarquía eclesiástica se sitúe del lado nacional.

El obstáculo principal para convencer a los demás de que se trata de una cruzada, así como el problema más grave que la diplomacia vaticana ha de afrontar es, sin embargo, que muchos católicos vascos siguen luchando en el bando republicano. En esta misma línea de colaboración con el franquismo, publica el 21 de mayo de 1939 el documento El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España -en opinión de muchos historiadores el mejor resumen de la interpretación católica de la Guerra Civil-, en el cual Pla y Deniel no olvidará recoger las aspiraciones del Episcopado español, incluso las del Vaticano, con el nuevo pontífice Pío XII a la cabeza, al postular que se derogen definitivamente de las leyes anticlericales de la República.

Desde 1941 sustituye al fallecido Gomá como arzobispo de Toledo y primado de España. Al final de la Segunda Guerra Mundial publica dos pastorales en las que desliga a la Iglesia de cualquier colaboración con los totalitarismos. Nombrado cardenal en 1946, Pla y Deniel no regatea la colaboración con el régimen franquista aunque, como matiza Arbeloa, se muestra preocupado por no aparecer abiertamente comprometido con la política oficial. Mantiene su dedicación a los temas sociales, ocupándose de las organizaciones de apostolado obrero y sus relaciones con el Sindicato Vertical, e impulsando Acción Católica y sus Hermandades Obreras.

Hombre que ha conocido y vivido la Segunda República, la Guerra Civil, el nuevo Estado y el reflorecimiento religioso de España, vive también los años en que se mantiene la concordia político-religiosa, pero en los que se empiezan a percibir los primeros síntomas de la futura división que supondrá el Concilio Vaticano II convocado por el papa Juan XXIII en 1962 y clausurado por Pablo VI en 1965. Los últimos días de su vida transcurren en Toledo, ciudad en la que fallece en 1968. 

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